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Editoriales de ciberpunk.com del año 2001

Durante el año 2001 publicamos las que seguramente fueran nuestras mejores editoriales del aquel periodo.

Durante el año 2001 publicamos las que seguramente fueran nuestras mejores editoriales del aquel periodo.

Impostura y Subversión

La ciencia ficción nunca ha hablado del futuro. Siempre ha sido el presente lo decía hace un par de meses Pat Cadigan en Wired. Las distopías ciberpunk, como los comics recuperados de los situacionistas, representan una subversión del imaginario social que se presenta como tal. Una consciente y deliverada caricatura del horror que nos rodea.

En cada crítica que hacemos, en cada libro o película que comentamos, añadimos un epígrafe de contenido político. Esta es la prueba de la verdad. La Excalibur. No es la ambientación tecnológica, el lenguaje o la estética lo que determinan si una obra es o no ciberpunk.

En lo que Hollywood nos empaqueta como ciberpunk, se ve claro. En los penosos relatos neofuturianos del Ciberpaís mensual o las librerías digitales españolas aún más. Pura impostura esteticista que no permanecerá. Pura y simple recuperación para los valores industriales de una estética alternativa más. Por eso el movimiento siempre ha rehusado confundirse con cualquier estética. Por eso no hay música ciberpunk.

Jugar. Divertirnos. Eso es lo que debemos hacer. Lo que toca. El juego es Welles usando La Guerra de los Mundos para denunciar la paranoia anticomunista y la oscuridad de la América aislacionista. Si una mentira se convierte en verdad cuando se repite cien veces, alimentemos el juego de espejos con imágenes prefabricadas en nuestro garaje. Usemos la propia impostura y vacuidad de los medios que comunican un presente exhausto para subvertirlo. Tinta de calamar sobre el arte corporativo.

Lars Von Trier, maestro ciberpunk

Creí que hacía ciencia pero hacía ficción. Era ingenuo, peligroso. Siempre buscamos el fundamento del crimen en la sociedad, pero ¿por qué no en la naturaleza misma del hombre? – El elemento del Crimen, 1984

Lo esencial del ciberpunk, como hemos defendido tantas veces en estas páginas, es la ruptura con la visión según la cual pasado, presente y futuro se enlazan en una cadena causal. La negación de las grandes leyes históricas explicativas y presuntamente predictivas que caracterizan el pensamiento historicista tan querido de la generación que nos precedió.

No hay necesidad histórica o al menos no una sóla y coherente. Nada fue porque tuviera que ser y nada puede definirnos como será. Toda explicación del pasado es selectiva, arbitraria, y por tanto tan sólo una forma de relato que sólo cobra pleno sentido dentro de un programa de futuro, dentro de un ejercicio más o menos consciente de mitificación.

Para los postmodernos, que podrían aceptar tesis semejantes, esto lleva al relativismo cultural de cabeza: Todo relato es igualmente válido ya que supuestamente no habría otra medida de certidumbre que los valores (siempre particulares, nunca universales). No es esta nuestra posición. Que haya una multiplicidad de lecturas del pasado, asumir que el futuro no venga determinado -a través de tal o cual hilo rojo– por éste y constatar que es ante todo el futuro deseado el que lleva a elegir una opción explicativa y dota de unidad a la lectura del pasado, no quiere decir que toda lectura sea posible, ni mucho menos, igualmente cierta.

Es esta reflexión sobre el pasado como relato subjetivo la que informa la obra de Triers y la hace tan sugestiva.

En El Elemento del Crimen (1984) un policía europeo se somete en El Cairo a hipnosis con el objeto de encontrar en el pasado las causas de un persistente e insoportable dolor de cabeza. La película toda es una claustrofóbica ensoñación en la que aparecerán distorsionados paisajes y personajes que coinciden en la investigación de unos asesinatos en serie que continúan los de un asesino detenido y muerto por su maestro 13 años antes.

La enseñanza del maestro (de la que reniega en la cita con la que abrimos este artículo) parte de reconstruir asépticamente el modo de análisis y pensamiento del criminal sin juzgarle. Triers, parece estar repitiendo el debate académico: objetividad científica vs incomprensibilidad de lo diferente… pero al final explicita su propia tesis: son el maestro y el policía los que -sumergidos sucesivamente en la mente del autor original- culminan por su cuenta la obra de este. Obra, que tiene lugar en un lugar llamado vagamamente: Europa.

Europa será precisamente el título de su obra maestra (1992). En ella, el personaje central, el “otro” ajeno, diferente, y distinto (ejemplarizado en un hijo de inmigrantes en EEUU que vuelve en 1945 para entender y ayudar a la reconstrucción ) acabará tan implicado -y tan confuso- que acabará volando por los aires con el símbolo de la nueva Europa: el magnífico tren fruto del esfuerzo colectivo que avanza penósamente por la noche (de la Historia :-))

Pero no acaba aquí la brutal lección de esta película en la que no existe un sólo detalle (plástico o narrrativo) de más. Triers asume la tesis de la “Gran Guerra Civil Europea (1914-89)” y lo que es más, la tesis de la “invasión” norteamericana de Alemania y la naturaleza de la RFA como país satélite. El el paroxismo de este ejercicio consciente de mitificación nos hace un ambiguo retrato de los “Werewolf” (la resistencia filonazi)… sin olvidar recordarnos el “vagón de atrás” que nadie quiere nombrar (los supervivientes del exterminio) y dar una buena coz al proyecto europeo tal y como se entiende desde Bruselas (simbolizado por los rigurosos funcionarios que le examinan midiendo y cronometrando mientras el personaje sólo puede pensar en la bomba de relojería que está a punto de estallar).

Europa conmocionó a muchos jóvenes que intentábamos entender algo en el primer post-muro, pero no caló en las generaciones anteriores. Habría de ser Breaking the Waves (1996) la que permitiera a Triers llegar al Olimpo cinematográfico europeo… aunque fuera como freak.

Esta película recibió grandes críticas (imbuidas por la pasión por el drama y la ilusión que tanto critica Triers) que indefectiblemente la comparaban con Ordet del viejo maestro danés Dreyer. Pero lo importante de Breaking the Waves es precisamente lo que le diferencia de Ordet. Hay sufrimiento y duda, hay milagro sí. Pero sobre todo hay voluntad y relato. Dios es en Trier, un proyecto enfermizo, un mito cruel y grandilocuente al que la fe de la protagonista acaba dando sentido. Dios existe porque ella le hace existir… y más valdría que no hubiera sido así.

En su forma más cruel, esta película cierra lo que podríamos llamar, la trilogía de la voluntad. Tres relatos sobre cómo la voluntad del individuo (o su falta en el caso de Europa) son los verdaderos constructores y destructores de sus mitos.

Facts & Memories

Facts, not memories dice el protagonista de Memento en pleno delirio retroactivo.

Memento: un thriller contado hacia atrás en el que el protagonista es incapaz de generar nuevos recuerdos. El único ancla es su memoria del pasado remoto: un tiempo feliz cuya ruptura quiere vengar para poder recordar y vivir una vida regenerada. Ese es su proyecto de futuro. Una hora después (cuatro días antes) descubrimos que no había tal ancla. No había ya nada que vengar. No hubo regeneración. No la habrá nunca. El pasado recordado nunca existió. Edipo ciego está condenado a realizar un asesinato tras otro.

Los cuentos ciberpunk no tienen moraleja, pero Memento leída por un ciperpunk si: Los futuros basados en arcadias pasadas llevan al crimen.

Otra cosa distinta -y mucho mejor película- es Usual Suspects donde el protagonista, Verbal Kint (interpretado por un genial Kevin Spaecy) inventa deliberadamente un pasado mientras narra seduciendo a sus enemigos hasta convencer a estos de darle una libertad claramente inmerecida.

Como en el judo, Verbal deja que la historia se moldee con los deseos y preguntas de sus interlocutores. El relato se condensa y gana verosimilitud en la creación de un mito: Kaiser Soze, un personaje que supuestamente pretende hacer creer que no existe y que no es sino un trasunto del propio narrador.

No hay moraleja, sólo confusión. Cuando acaba la película el espectador se plantea si Verbal es Kaiser Sozé. Aún cuando el mito se prueba puro relato, pura ficción, el que participó de él desea que la realidad lo confirme.

NY Final Fantasy

Entre los escombros aún humeantes, cuando nadie confía ya en los cimientos de nada y mientras cientos de satélites scanean los páramos afganos, el sueño de un mundo ordenado se derrumba. Wall Street cierra y para los grandes mercados mundiales de capital. Wall Street era un símbolo. Un resto de la época en la que los lugares importaban. La mayor parte de transacciones hacía años que no se hacían allí sino en un pedazo intangible de ciberespacio.

Pero seguía el sueño. El sueño que nos hacía sentir más seguro lo físico, lo material, que lo intangible. Ese sueño también murió entre las ruinas.

La tecnología nos permitió democratizar el mundo. Los aviones hasta hace una generación símbolo de estatus, hoy no son sino autobuses con alas. Millones de personas vuelan en ellos y no hay nunca medidas de seguridad suficientes para evitar el desastre.

Cuando el enemigo no es un poder con un territorio sino una bruma tan intangible como temible, la virtualidad es la única protección.Los servicios de seguridad se han lanzado a controlar las comunicaciones en la red. El poder teme a la red y se equivoca. Su libertad es nuestra única seguridad.

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